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Columna de Opinión

El otro Niño: el estrés que no aparece en los sensores

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*Columna de opinión para Salmonexpert de José Aravena Zavala, Biólogo Marino y MBA de la Universidad Austral de Chile.

La industria salmonicultora se prepara para un nuevo El Niño con equipos y protocolos FAN. La NOAA estima en 83% la probabilidad de que el trimestre octubre-diciembre supere a todos los eventos registrados desde 1950. El antecedente es conocido: en 2016, un evento de este tipo terminó con más de 100.000 toneladas de salmón muerto.

Desde entonces, el sector incorporó oxigenación de mayor capacidad, monitoreo continuo y planes de contingencia coordinados con Sernapesca. Pero la eficacia de esas herramientas depende de una cadena de decisiones humanas: detectar la señal, interpretarla, activar el protocolo y ejecutarlo en terreno. El primer eslabón de esa cadena es quien lidera el equipo en el centro de cultivo.

La mayoría de los jefes de centro llega al cargo por mérito técnico. Fueron buenos asistentes y un día les tocó dirigir. Las ofertas de empleo piden liderazgo, pero la formación sigue siendo casi toda técnica: alimentación, normativa, seguridad. Gallup, una empresa estadounidense de encuestas e investigación, lo plantea sin rodeos en su informe 2026: pocos jefes tienen talento natural para dirigir y muchos nunca recibieron formación para hacerlo.

El liderazgo tiene efectos concretos. El jefe directo es el factor que más influye en que un equipo esté comprometido o desmotivado. En un centro de cultivo, eso significa que un jefe sobrepasado termina con un equipo que reporta menos las señales de alerta, activa tarde los protocolos y ejecuta apurado las faenas críticas.

Otros países productores ya lo entendieron: en Escocia, Scottish Sea Farms exige un curso de gestión de personas a todo quien tenga gente a cargo. En Chile, ese tipo de formación sigue siendo la excepción.

El estrés del salmón está bien descrito: sube el cortisol, cae el apetito, baja la inmunidad. Las personas responden de forma parecida. El mismo informe de Gallup muestra que quienes lideran reportan más estrés diario que quienes no tienen gente a cargo, y que el compromiso de los jefes viene cayendo desde 2022. Liderar desgasta, y ese desgaste rara vez se mide.

Ahí la analogía con El Niño resulta útil. El fenómeno no mata peces de un día para otro: reduce el aporte de agua dulce, altera la estratificación, baja el oxígeno y deja a los peces sin margen. Con los jefes ocurre lo mismo. Turnos largos, aislamiento y decisiones solitarias van consumiendo su margen temporada tras temporada. Cuando llega la contingencia, quien debe decidir ya llega agotado.

Nadie sabe con certeza cómo se comportarán los fiordos este verano. Sí se sabe que la diferencia entre un evento controlado y una catástrofe estará en la rapidez con que alguien detecte la señal y tome la decisión correcta. Por eso, la industria debería tratar el liderazgo como trata el oxígeno: una variable crítica que se mide, se monitorea y se refuerza antes de que falte.

Para las empresas, el mensaje es directo. Cada ciclo se invierte en tecnologías con retornos claros, pero rara vez en formar a quienes deben decidir bajo presión. Preparar líderes que no sean sólo técnicos, medir el desgaste de las jefaturas con el mismo rigor que los parámetros ambientales y entender por qué se van los jóvenes no es un gasto en personas: es gestión del riesgo productivo.

Ningún sensor del centro va a registrar el cansancio de quien toma las decisiones. Esa alarma depende de las empresas. El Niño pondrá a prueba la infraestructura, los protocolos y la biomasa, pero el examen de fondo será el liderazgo. Y ese, a diferencia del fenómeno, sí se puede preparar.