Vicepresidente de Salmones Camanchaca, Ricardo García. Foto: Salmones Camanchaca.
Vicepresidente de Salmones Camanchaca, Ricardo García. Foto: Salmones Camanchaca.

Tenemos mucho que avanzar para que comer salmón sea popular en Chile

*Columna de opinión para Salmonexpert de Ricardo García, vicepresidente de Salmones Camanchaca.

¡Qué duda cabe a que vivimos tiempos desafiantes! Con amenazas regulatorias, políticas, de organizaciones ambientalistas, o de competidores globales que quisieran vernos decaer. En ese contexto, cabe centrar la mirada en el futuro, calibrando bien las fortalezas y debilidades que tenemos, para agrandar las primeras y mitigar las segundas.

Partamos por lo básico: a los consumidores del mundo les encanta el salmón porque es muy nutritivo y saludable; porque es sabroso; porque todos saben cómo luce y sabe; porque su nombre es universal; porque lo encuentran todos los días en los supermercados y restaurantes. Por todo eso, el salmón se hace cada vez más popular y universal, el líder de la categoría “seafood” en el mundo, sólo antecedido por el camarón.

No menos importante que lo anterior, es que solo en dos lugares del mundo se puede cultivar un volumen significativo de salmón: Noruega y Chile. En el resto del mundo, o el mar es excesivamente frío en invierno; o es muy cálido en verano; o está insuficientemente protegido de corrientes y olas. Entre estos dos países, se produce el 80% del salmón cultivado en el mundo.

En Noruega la mayoría de los desafíos están vinculados a la operación misma, esto es, la presencia de parásitos, los escapes, o las enfermedades. Allá, sorprendentemente, la sociedad ha aceptado mucho mejor el cultivo de salmones; no se escuchan los altos decibeles usados por muchas ONG contra la industria en Chile; las autoridades políticas están buscando como desarrollar mejor el sector encontrando mejores soluciones, y llegan al punto de decir que trabajan para que la industria llegue a 5 millones de toneladas en el futuro, esto es, unas 4 veces el volumen actual.

Uno podría preguntarse si la forma de cultivar en Noruega es mucho mejor, mucho más inocua y benigna con el medio ambiente que en Chile; o si la dignidad y condiciones del trabajo son muy superiores; o si los márgenes se destinan todos a financiar programas sociales; o si la regulación es mucho más inteligente y guía mejor a los productores. Nada de eso. Nuestros estándares de producción son buenas copias de lo que Noruega ha avanzado y no hay innovación allá, que aquí no se evalúe al poco tiempo y, más aún, la mayoría de los proveedores noruegos, lo son de los chilenos también. 

En el caso de los antibióticos, la única razón por la que en Chile se usa más es porque los laboratorios les desarrollaron a ellos antes las vacunas para las enfermedades microbianas importantes, cosa que no han podido en Chile para la septicemia rickettsia del salmón (SRS) que les afecta gravemente.

La regulación del sector en Chile es, en muchos aspectos, mejor que la noruega, y específicamente en lo relacionado al medio ambiente. Las restricciones de siembra son mejores que las restricciones de carga: las primeras tienen una menor utilización promedio bianual del espacio que las segundas que llevan la producción cerca de los límites todo el tiempo, es decir, plena utilización todo el tiempo. En otros aspectos, la regulación chilena es más estricta, y nos vuelve artificialmente menos competitivos, a veces sin mayor beneficio.

¿Dónde hay diferencias de verdad? Una que me parece importantísima es que los noruegos comen casi cuatro veces más productos del mar que los chilenos, y dentro de éstos, ¡el salmón es un príncipe! Su cultura y la asociación con su dieta personal, los hace tener un más alto grado de afecto con el producto específico, cosa que no nos ocurre a nosotros. Tenemos mucho que avanzar para que comer salmón sea popular y frecuente.

Otra diferencia es la capacidad colaborativa de los distintos actores del sector, productores, proveedores, contratistas, entre otros, para enfrentar los desafíos de la industria. Chile no es famoso por eso, contrariamente a nuestros competidores nórdicos. El desarrollo de este ecosistema local que, directa o indirectamente, colabora y trabaja con la industria, ha sido escaso comparado con la competencia. 

Por cierto que se avanza, pero algunas ligas detrás. La principal traba chilena estimo es la falta de una definición de política de Estado y Sociedad, sobre la definición estratégica de lo que Chile hará para darle progreso a sus habitantes en las próximas décadas. Sabemos que la agricultura fue la fuente de progreso del siglo XIX y parte del XX; y que la minería empujó fuerte el carro en el siglo XX y sigue haciéndolo hasta hoy. Pero, en 50 o 100 años, ¿qué habrá de nuevo?

Chile tiene mucho más mar que tierra, y si sacásemos la tierra inservible para cultivo, como las montañas, hielos y desiertos, lo que nos queda disponible no ofrece mucho más de lo que ya sabemos. Pero el mar territorial y exclusivo y que es enorme, nos aporta muy poco a nuestra economía. Allí hay un potencial insospechado, y deberíamos definirlo como un elemento estratégico clave de los próximos 50 años.

Deberíamos todos, emprendedores, reguladores, ejecutivos, políticos, estar buscando formas de desarrollar, por ejemplo, energías oceánicas o acuicultura oceánica; y debería plantearse holísticamente el cómo mejor utilizar su borde costero para producir alimentos competitivos en relación al resto del mundo. Por el contrario, todo lo que vemos son más grupos buscando la forma de desaprovechar nuestra riqueza oceánica. Esto no es incompatible con hacerlo de forma sustentable sin daño para el sustento de las generaciones futuras.