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Columna de Opinión

Producir sin destruir: ¿Puede el sur hacerse cargo de ese desafío?

Felipe Kerber.
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*Columna de opinión para Salmonexpert de Felipe Kerber, periodista, MBA Universidad Austral de Chile.

Cada 5 de junio gran parte del mundo hace una pausa para mirar el entorno. Lo hace desde 1973, cuando la ONU instituyó el Día Mundial del Medio Ambiente como herencia directa de la Conferencia de Estocolmo. Aquella fue la primera vez que la comunidad internacional admitió que el desarrollo económico no podía seguir creciendo a costa del planeta.

La pregunta que se instaló entonces — si era posible producir sin destruir — sigue abierta cincuenta y cuatro años después. Pero hay territorios donde empieza a tener respuesta. La Región de Los Lagos es uno de ellos.

La región no es solamente paisaje. Es fiordos profundos, lagos glaciares, volcanes que vigilan el horizonte y una biodiversidad sin equivalente en el hemisferio sur. Es también el segundo territorio productor de salmón del planeta y una de las zonas con mayor presión productiva sobre sus ecosistemas en Chile. Esa doble condición — el sur que es santuario y el sur que es industria — define su historia reciente y también su futuro.

Un dato relevado por Sistema B al cumplir veinte años adquiere otra dimensión: Puerto Varas es hoy la ciudad con más empresas B per cápita de Latinoamérica. No de Chile. De América Latina. La misma medición sitúa a Los Lagos como principal región no metropolitana del movimiento, con el 14,9% del capital B femenino fuera de Santiago.

Las empresas B no son una moda: miden su impacto social y ambiental, se obligan a considerar consecuencias de largo plazo y, desde 2025, deben acreditar siete áreas obligatorias, entre ellas acción climática y circularidad ambiental. Que ese modelo haya enraizado aquí antes que en otras latitudes no parece casualidad.

La industria con más exigencia es también la que ha empezado a mostrar avances verificables. En 2025, las exportaciones de salmón y trucha alcanzaron US$6.549 millones, según datos del Banco Central analizados por SalmonChile, consolidándose como segundo producto de exportación tras el cobre y representando el 6% de los envíos totales.

Chile produce alrededor del 30% del salmón cultivado del mundo. Son cifras que pesan, y con ese peso viene una responsabilidad proporcional.

Loreto Seguel, presidenta del Consejo del Salmón, plantea que el desafío del sector es compatibilizar sustentabilidad con crecimiento en el mediano plazo. No es retórica corporativa: es una hoja de ruta con métricas. Entre 2022 y 2025, el Acuerdo de Producción Limpia impulsado por la Agencia de Sustentabilidad y Cambio Climático de Corfo involucró a veintiuna empresas salmonicultoras de Los Lagos y Aysén en mediciones de huella de carbono, gestión hídrica y economía circular.

Aunque el uso de antibióticos muestra retrocesos puntuales según Sernapesca, la tendencia del último sexenio es claramente descendente. SalmonChile cumple cuarenta años con la convicción declarada — y medible — de que Chile puede liderar la economía azul.

Nada de esto significa que el problema esté resuelto. El cambio climático eleva la temperatura de los fiordos, activa floraciones algales nocivas y estrecha el margen de confort térmico del salmón. La presión regulatoria es creciente y los ecosistemas siguen sometidos a tensiones que no admiten optimismo fácil. Pero hay una diferencia entre una industria que niega su impacto y otra que lo mide, lo publica y diseña estrategias para reducirlo.

La Región de Los Lagos — desde sus pymes con certificación B hasta sus salmonicultoras con acuerdos firmados — está transitando hacia la segunda categoría.

La pregunta que Estocolmo dejó planteada hace cincuenta y cuatro años no se resolverá en una cumbre climática. Se resolverá, si llega a resolverse, en territorios concretos donde economía y ecosistema están obligados a compartir mucho más que sus prefijos. La salmonicultura del sur sigue arrastrando deudas — sanitarias, regulatorias, ambientales — y sería ingenuo negarlas.

Pero las cifras de los últimos años apuntan a algo más interesante: con voluntad e inversión, ambos conceptos sí pueden convivir. El camino existe. Toca recorrerlo.