Protozoos marinos podrían explicar la persistencia de Piscirickettsia en centros de salmón
Luego de descubrir que amebas actuan como reservorio del patógeno, científicos plantean evaluar su presencia, abundancia y dinámica como información adicional sobre riesgo sanitario en un centro.
Científicos chilenos de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) descubrieron que las amebas Acanthamoeba castellanii y Vannella sp. actúan como reservorio y vector de Piscirickettsia salmonis, lo que podría contribuir a la persistencia y propagación de este patógeno en ambientes acuáticos
El Dr. Fernando Gómez, investigador de la casa de estudios y uno de los autores del trabajo, comenta a Salmonexpert que pensaron en las amebas como un posible vector debido a que los brotes de piscirickettsiosis siguen ocurriendo incluso cuando los peces ingresan al mar desde hatcheries certificados como libres de la bacteria.
“En microbiología ambiental, se sabe que muchas bacterias patógenas utilizan a estas amebas como refugio. Las amebas se alimentan de bacterias, pero algunas no solo sobreviven dentro de ellas, sino que incluso se multiplican en su interior. Como P. salmonis es una bacteria intracelular nos preguntamos si podría hacer algo similar en el ambiente marino”, explica al respecto el Dr. Gómez.
Más en detalle, en el caso de A. castellanii, los expertos observaron que la bacteria puede mantenerse en el interior de la célula por varios días, resistiendo los mecanismos digestivos normales de la ameba, aunque el número de bacterias se mantiene constante.
Además, mientras estaba dentro de la ameba, P. salmonis aumentó la expresión de genes asociados a su sistema de secreción tipo IV-B (Dot/Icm), que es el mismo sistema que utiliza para replicarse dentro de los macrófagos del salmón.
“Por lo anterior, podríamos decir que la bacteria no estaba simplemente “escondida” al interior de A. castellanii, sino que activaba herramientas moleculares propias de su vida intracelular. Además, en un ensayo in vitro, desafiamos células SHK-1 con A. castellanii infectada con P. salmonis, detectando después de unos días a la bacteria dentro de las células de SHK-1, por lo que, al menos en este ensayo, este microorganismo eucariota sirvió como vector de la bacteria”, exhibe el Dr. Gómez.
Para Vannella sp., aislada desde branquias de peces, los científicos observaron que P. salmonis también puede infectarla y multiplicarse en su interior, incluso abservaron lisis de la ameba después de algunos días, lo que sugiere que podría tratarse de una infección productiva.
Luego, en ensayos in vivo, se expusieron salmones a amebas previamente infectadas con P. salmonis, simulando un escenario más cercano a lo que podría ocurrir en el ambiente marino.
En este caso los investigadores pudieron detectar la bacteria en órganos como hígado durante varias semanas posteriores a la exposición. “Si bien, no observamos mortalidad en este modelo, sí confirmamos que la bacteria era viable y capaz de establecer infección sistémica tras haber estado alojada dentro de la ameba. Eso es clave, porque demuestra que el paso por el protozoo no la inactiva ni la debilita, sino que permite que la bacteria pueda infectar a los peces de manera normal”, destaca el experto de la PUCV.
Además de las amebas, el científico plantea que no descartan que otros organismos ambientales también puedan cumplir un rol similar. Lo anterior, debido a que en ensayos posteriores, evaluaron el posible rol de microalgas marinas en la mantención de P. salmonis en el mar, descubriendo que, si bien la bacteria no ingresa a las células, el co-cultivo con estas microalgas promueve el crecimiento de la bacteria.
¿La ameba podría modificar la virulencia de P. salmonis?
En cuanto a la importancia de estos descubrimientos, el académico expone que el problema entonces no solo sería el patógeno, si no que el sistema ecológico donde este circula.
Por ejemplo, incorporar el monitoreo de amebas de vida libre dentro de la vigilancia sanitaria ambiental. “Hoy el foco suele estar puesto en la detección directa de P. salmonis, pero si existen protozoos capaces de alojarla y protegerla, evaluar su presencia, abundancia y dinámica podría aportar información adicional sobre riesgo sanitario en un centro de cultivo. También plantea la necesidad de revisar estrategias de manejo y desinfección ambiental. Las amebas son organismos resistentes, capaces de formar quistes bajo condiciones adversas. Si P. salmonis puede permanecer viable en su interior, es posible que en ciertos escenarios esté parcialmente protegida frente a tratamientos físicos o químicos”, argumenta el Dr. Gómez.
“Otro paso importante es evaluar si el paso por la ameba modifica de alguna manera la virulencia de la bacteria frente al salmón. ¿La “prepara” para infectar mejor? ¿Le otorga alguna ventaja adaptativa? Esas son preguntas abiertas que pueden tener implicancias epidemiológicas relevantes. Finalmente, queremos explorar con mayor profundidad el rol ecológico de las amebas en los centros de cultivo. Si efectivamente funcionan como reservorios ambientales, podrían convertirse en un componente clave para entender la persistencia del patógeno entre ciclos productivos”, concluye el experto.