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Andrés Barros, gerente de Alimentos y Acuicultura de Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.
Andrés Barros, gerente de Alimentos y Acuicultura de Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.

*Columna de opinión para Salmonexpert de Andrés Barros, gerente de Alimentos y Acuicultura de Fundación Chile.

En 2016 la FAO reportó el consumo mundial per cápita de pescados y mariscos superó por primera vez los 20 kilos, tendencia que - estiman - se mantendría al alza por la próxima década. Este hito se marcó principalmente por el crecimiento de la acuicultura, que seguirá al alza, el aumento de demanda por proteína saludable y la reducción de pérdidas desperdicios.

En Chile el consumo per cápita es de 13 kilos, por lo que la brecha existente es de 7 kilos versus el promedio mundial. Dato no menor, bajo nuestra “meta país” de convertirnos en “país desarrollado”, ya que no sólo estamos lejos del promedio global, sino que más distanciados aún de la mayoría de los países de la OCDE, los que debiesen ser un referente para no reducir esta transición nacional a sólo indicadores económicos. Aquí aparecen otros méritos del desarrollo, como es la dieta más balanceada de países europeos y asiáticos, donde el consumo promedia entre 30 a 50 kilos, un estándar de vida saludable a mirar que también hay que cumplir. Si de comparaciones hablamos, ahí la brecha del chileno es gigante.

Los productos del mar y de la acuicultura nacional (especialmente salmónidos y mitílidos) son recursos de altísimo valor nutricional, cuyo consumo permitiría mejorar la alimentación de la población, que en forma creciente exhibe problemas de salud asociados a la malnutrición: sobrepeso y obesidad, ECNT (Enfermedades Crónicas No Transmisibles), problemas cardiovasculares, óseos, entre otros. Asimismo, la gestación es una etapa que se beneficia enormemente del consumo de productos del mar. Todo lo anterior, dado el contenido de Omega 3, DHA, EPA, proteína baja en grasa, clorofila, sodio y yodo, hipocalórico y otros nutrientes asociados a los recursos del mar.

Nuestra extensa costa facilita el acceso permanente a alimentos que  son un medio para enfrentar los problemas de salud actuales de la población chilena. Encontramos productos abundantes y económicos, tales como jurel, choritos o algas, que pueden constituirse en una alternativa de excelente valor nutricional en reemplazo de otras proteínas y alimentos altos en grasas y poco saludables.

Bajo el contexto expuesto, y luego de analizar experiencias en Brasil, Perú, Argentina y España, entre otros, se forjó la iniciativa “Del Mar a mi Mesa” hace 3 años. Un objetivo claro: cerrar la brecha de los 7 kilos que nos separa del promedio mundial (al menos), lo que fundamentalmente radicó en principio en la coordinación del trabajo de más de 50 actores públicos-privados-academia-gremios para tomar este desafío en común. Una iniciativa nacional - liderada por Subpesca y ejecutada por Fundación Chile - que une a toda la cadena del valor: pescadores artesanales, industria, acuicultores, supermercados, ferias libres, ONGs, ministerios, alimentación escolar, etcétera. Este grupo conforma la gobernanza, bajo la cual se armaron mesas de trabajo, y así se construyó un Plan Estratégico 2017-2027, que este año está en etapa de implementación.

Dentro del programa citado, un primer aspecto clave de aumento de consumo se centra en promover un cambio de hábitos en la población, abordado desde la primera infancia. La incorporación de instituciones como Elige Vivir Sano, Junaeb y Minsal es crucial para aumentar el consumo entre los niños y, en forma indirecta, a toda la familia. No sólo establecer los beneficios del consumo de productos del mar, sino también la aceptabilidad de las preparaciones gastronómicas, las presentaciones de los platos, la comercialización de productos congelados, o la disponibilidad para consumo en toda ocasión (snacks, hamburguesas, patés o algas).

Un segundo factor clave está en acotar la intermediación en la cadena del valor, es decir, que un pescador llegue de la forma más directa (sin pagos a terceros) al punto de venta. Como tercer factor determinante en elevar el consumo de recursos del mar está relevar la importancia del mercado local y del producto “made in Chile”. El origen se valora no sólo por el producto en sí, sino también por su entorno, su gente, la cultura local, porque es parte de un contexto. Es fundamental que Chile sea una referente de consumo si está en mente que también lo sea como polo exportador acuícola o de pesquería. Aquí es donde el salmón, el mejillón, el jurel o la sardina deben “ganarse” el corazón local, porque el país es parte del capital de marca que vendemos, y la mejor forma de hacerlo es que la ciudadanía conozca la diversidad existente, que sea parte de lo que se exporta, y por supuesto que nuestra industria se vuelque a que sus productos estén en nuestros hábitos de consumo.

Quien venga a nuestro país, o quien vea un producto chileno en el exterior, debe empatizar con la denominación de origen, sentirla. Por lo mismo, si hoy estamos en el mejor ciclo del salmón, es justamente el mejor momento para que se potencien los embajadores locales, la población, la gastronomía, el consumo diario, porque ahí hay inversión de largo plazo que se traduce en que nadie sienta que tenemos productos que pasan de la planta al embarque, sino que – por el contrario - en el intertanto van dejando huella en el territorio de donde fueron producidos.

Destaco las iniciativas que han tenido tanto el salmón como el mejillón con la Junaeb, de incorporar sus productos en las raciones, porque esos niños están construyendo la sustentabilidad del sector en su espectro amplio y más profundo. Serán estos pequeños embajadores determinantes para un cambio de tendencia hacia una alimentación saludable, con los productos del mar como imprescindibles en su dieta adulta.