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Martín Hevia, director ejecutivo de Acuicultura en Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.
Martín Hevia, director ejecutivo de Acuicultura en Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.

*Columna de opinión para Salmonexpert de Martín Hevia, director ejecutivo de Acuicultura en Fundación Chile.

Al otro lado de la Cordillera de Los Andes, se libra lo que algunos medios han llamado “la batalla del salmón”, encabezada por organizaciones ambientalistas y por un grupo de connotados chefs argentinos. Con el hashtag #NoALaSalmonicultura, se realiza una campaña en redes sociales que supera el millón de visualizaciones y que tiene a la salmonicultura chilena como la gran referente de lo que “no queremos en Argentina”, aludiendo a los problemas ambientales y sanitarios de la crianza en cautiverio de salmones.

Lo que desató esta polémica fue la decisión del presidente Mauricio Macri de desarrollar la acuicultura en la Patagonia, a través de un convenio suscrito con el gobierno de Noruega. Las repercusiones no tardaron en cruzar la frontera hacia Chile, con manifestaciones que se replicaron en Puerto Williams, como parte de las “acciones binacionales” contra la salmonicultura.

Frente a esta campaña, las salmonicultoras instaladas en Chile alegan “desinformación” en el país trasandino. No obstante, deben reconocer que los argumentos esgrimidos en la campaña son calcados de las imágenes y distorsiones que se generan en territorio nacional. Es aquí, en Chile, donde no han logrado derribar la imagen muchas veces negativa que hay sobre el cultivo, y tampoco han perseverado de verdad en hacerlo, porque el foco está puesto principalmente en el centenar de mercados –algunos tan rigurosos como Estados Unidos, Europa y Japón– donde hay que cumplir cada vez con mayores exigencias.

Los chilenos tienen claro que el principal producto exportado por el país es el cobre, ¿pero saben que el segundo es el salmón? ¿Alguien les ha dicho que las regiones salmonicultoras son las que tienen menores índices de cesantía en el país? ¿Que, además de las empresas de cultivo, unas 4 mil pymes se han desarrollado a su alero? En Argentina, en el marco de la campaña aludida, justamente se ha desestimado el impacto de la actividad en la economía del extremo sur.

Hay conciencia en la industria respecto a los errores cometidos, que costaron muy caros en el pasado, pero también se celebran los grandes logros, con la convicción de que hay que seguir trabajando, investigando y generando nuevas tecnologías para una actividad más sustentable.

¿Saben los chilenos que las empresas salmonicultoras están en una cruzada por disminuir el uso de antibióticos? ¿Se enteraron de que el objetivo es llegar a tener centros de cultivo libres de químicos y antibióticos? ¿Les han contado que no hay cosecha de salmón que no haya pasado por un período de carencia de antibióticos indicado por la autoridad, lo que significa que no tienen trazas de estos cuando llegan al consumidor? Aquí cabe relevar el rol de las instituciones públicas (Sernapesca y Subpesca) que se han empoderado y profesionalizado cada vez más para establecer controles y buenas prácticas en la acuicultura.

El desarrollo de la genética, dietas altamente especializadas, la introducción de probióticos, nuevas generaciones de vacunas, dietas funcionales, tecnologías de automatización, entre muchos otros aspectos se cuentan entre los avances que han llevado al Instituto Tecnológico del Salmón (Intesal, de SalmonChile), a calificar el desempeño productivo de la industria como el mejor de los últimos años. En términos de negocios, los calificativos son similares, con retornos históricos durante el 2018 (11,4% por sobre el 2017; con ventas sobre 5 mil millones de dólares) y un proceso de consolidación de empresas que llevó a medios económicos a hablar del “año de la acuicultura”. Pero, fuera de esos círculos especializados, ¿se habló de esto?

La desinformación, definitivamente, está instalada en casa, donde se debe trabajar afanosamente en mejorar esa percepción. El volumen no es lo relevante, por cierto, sino la imagen en el país de origen. Son los chilenos, para bien o para mal, los llamados a ser los “embajadores” del salmón y a transmitir la experiencia de tener esta industria en el país. Puede que no impacte demasiado que esto trascienda hacia Argentina, pero estamos en un mundo globalizado –eso ni siquiera hay que señalarlo–, con consumidores que se informan en forma creciente por redes sociales y en cuya decisión de compra cada vez pesa más el factor sustentabilidad. No es menor tener un hashtag en contra dando vueltas, con miles de “Me gusta”.

Para quererlo también hay que degustarlo y se debiera tener productos accesibles a la población nacional, colaborando de este modo con el objetivo país, representado por la campaña Del Mar a Mi Mesa (liderada por Subpesca y ejecutada por Fundación Chile, lo digo con orgullo), que pretende aumentar el consumo de productos del mar. Llegar al promedio mundial de 20 kilos, desde los 13 kilos que actualmente se consumen, es la meta de una hoja de ruta donde el salmón bien podría tener un rol estelar, como principal producto acuícola chileno. La salud de los connacionales se lo agradecerá, con una repercusión positiva en la imagen de la industria.

En paralelo, por cierto, se requiere seguir registrando avances sanitarios y medioambientales, que siempre van a ser un desafío, atendiendo también a la evolución en los modelos de negocios. No se necesita una larga costa como la chilena o la argentina para la producción acuícola, y bien podría en el futuro instalarse un cultivo aledaño al mercado de destino, pudiendo prescindirse de la importación.

Cuando eso ocurra, y en definitiva venga el cambio de paradigma comercial, el salmón chileno podrá mantenerse fuerte sí y solo sí tiene una gran imagen local con reputación internacional, como el producto de las aguas más prístinas, con el respaldo de promotores locales dispuestos a hablar espontáneamente de sus virtudes. Para que eso suceda, antes tiene que “ganar la batalla” en casa.