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Cambios indispensables para sostenibilidad y competitividad de la salmonicultura chilena

Carlos Wurmann. Foto: Cedida.
Carlos Wurmann. Foto: Cedida.

*Columna de opinión para Salmonexpert de Carlos Wurmann, Ingeniero Civil Industrial, M.Sc. Economía, Consultor Internacional, Acuicultura & Pesca. Correo electrónico: carwur@gtdmail.com

Hace poco, el mundo giraba más lentamente, pero ahora el cambio tecnológico ha impuesto apremios vertiginosos, nunca antes imaginados, que están afectando y alterando los equilibrios recientes y las perspectivas en la acuicultura chilena y mundial.

Hasta ahora, nuestras ventajas comparativas (principalmente asociadas al medio ambiente), enormes empeños empresariales y una regulación que mejora han generado una salmonicultura competitiva, que ha conquistado los mercados de Estados Unidos, Japón, Brasil y muchos otros. Sin embargo, las ventajas comparativas comienzan a perder relevancia, ante la irrupción de nuevas tecnologías que amenazan fuertemente la producción nacional de salmónidos y que obligan a replantearse el cómo proyectarse al futuro, manteniendo la competitividad y la sostenibilidad de esta industria.

Acá se hace particular referencia a cultivos marinos en recirculación, en tierra, (sistemas RAS, en inglés) y a la acuicultura marina en zonas de alta energía (offshore). En el primer caso, sofisticados sistemas productivos permiten regular la temperatura y la calidad y cantidad de agua en recirculación, pudiendo instalar cultivos en casi cualquier región del mundo, y mucho más cerca de los consumidores, en comparación con Chile. Por ahora, los sistemas RAS tienen altos costos de inversión iniciales, pero trabajan con mayor seguridad sanitaria y ambiental y bajas mortalidades, superando de momento los costos de producción chilenos. Sin embargo, agregando a éstos últimos el valor de fletes, derechos aduaneros y gastos asociados, las cosechas RAS cerca de los mercados consumidores pueden alcanzar niveles de deseabilidad atractivos, y muy competitivos con los de las exportaciones chilenas, que aún mantienen ventajas en la fase de agregación de valor (procesamiento) respecto a Estados Unidos, Japón y otros.

Esto, sin hablar de las certidumbres logísticas, y el menor riesgo en el abastecimiento. Así, Noruega ya desarrolla en su territorio proyectos RAS de 30.000 y 60.000 toneladas que entrarán en funcionamiento en los próximos años, y se construyen instalaciones similares en el Estado de Florida y en otras regiones, que superarán las 100.000 toneladas en los próximos 10 años o lapso similar, desafiando fuertemente el predominio nacional en el mercado de EE.UU., tanto como en otras latitudes, especialmente desde la segunda parte de esta década.

Igualmente, aunque más lentamente, Noruega y otros países comienzan a producir salmón en zonas oceánicas expuestas, en estructuras completamente diferentes a las utilizadas hasta acá y con producciones que pueden superar las 10.000 toneladas por centro de cultivo. Este vertiginoso desarrollo tecnológico debería  permitir cosechas competitivas y ambientalmente sostenibles a mediano plazo, desafiando también las ventas chilenas. Entre otros riesgos, destaca acá la creciente apertura norteamericana a la acuicultura marina en zonas expuestas, lo que facultará la instalación de cultivos de salmón a cierta distancia de sus propias costas, y a producir enormes cosechas a costos muy competitivos con los chilenos, vista la cercanía al consumidor.

Estas dos nuevas tendencias tecnológicas no son antojadizas, y responden a realidades muy concretas. Por una parte, aumentan los conflictos y la competencia con otros usuarios del borde costero y fuentes de agua dulce, y adicionalmente, hay resistencia a la acuicultura tradicional, por sus posibles efectos ambientales. También, tramitar y conseguir concesiones acuícolas es cada vez más difícil, demoroso y caro. Así, frente a esta problemática, las grandes empresas han optado por desarrollar sistemas de cultivos RAS y offshore, tendencia que sin dudas se masificará a futuro, llegando a predominar en las próximas décadas, siendo probable que a futuro, la zona costera y cuerpos de agua dulce de cierta fragilidad se especialicen cada vez más en cultivos de pequeña y mediana escala, más propios de actividades artesanales y familiares, para atender principalmente la demanda doméstica.

Remitiéndose tan sólo a estos desafíos, Chile tiene dos opciones, a saber: mejorar sustancialmente su competitividad en sus sitios de cultivo actuales, operando con bajos niveles de conflictividad con otros usuarios y el público en general, o, incursionar seriamente en el desarrollo tecnológico y/o la aplicación de sistemas offshore y RAS que, con un máximo de eficiencia, permitan mantener los actuales niveles de competitividad y sostenibilidad. (También es plausible que, si las técnicas RAS y offshore se masifican suficientemente, como se espera, y no logran rebajar sus costos de inversión y operaciones en plazos razonables, se presione hacia un alza de precios en la oferta, situación que aliviaría en parte los retos de Chile, pero no cambiaría el desafío estratégico de largo plazo.)

Ninguna de estas alternativas es fácil de abordar en Chile. En el primer caso no está claro que tecnologías pueden ayudar a disminuir allí costos en forma sustantiva, ni como disminuir la conflictividad. En la segunda opción, el país debe involucrarse con energía en labores de I+D para desarrollar y/o adaptar sistemas RAS y offshore altamente eficientes y competitivos internacionalmente, invirtiendo tal vez entre U$ 200-500 millones durante esta década, o el equivalente a menos de un 0,05 a 0,1% del valor a cosechar en este período. Estos recursos  deberían ser provistos principalmente por la industria, y ser parte de todo un proceso eficiente y bien direccionado en I+D, para obtener resultados efectivos.

Así, el desafío estratégico existe, es de vital importancia y es previsible con mayor intensidad a partir de la segunda parte de esta década. Entonces, o la industria salmonícola chilena toma las decisiones correctas, y desarrolla acuerdos público-privados adecuados, o la historia nos castigará fuertemente por incapacidad, cortoplacismo y/o complacencia. Por eso, debemos aceptar el desafío, y trabajar con unidad, decisión y liderazgo por mantener la competitividad y sostenibilidad desde ahora mismo…El tiempo corre en nuestra contra.