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Mario Tello, investigador y académico de la Universidad de Santiago de Chile. Foto: Archivo Salmonexpert.
Mario Tello, investigador y académico de la Universidad de Santiago de Chile. Foto: Archivo Salmonexpert.

*Columna de opinión para Salmonexpert de Mario Tello, investigador y académico de la Universidad de Santiago de Chile.

El rol de la ciencia en el desarrollo de una sociedad es algo difícil de comprender cuando uno mira el desarrollo de una sociedad en el corto plazo. Sabemos que los países desarrollados han logrado este desarrollo utilizando el conocimiento científico para obtener una economía basada en tecnología o para enfrentar desafíos que les permiten posicionarse como líderes en una determinada área. 

La revolución industrial nacida en Europa hacia fines del 1700 con una activa participación de las universidades en el desarrollo de procesos industriales (máquina a vapor), explica en parte el éxito que lograron tempranamente las naciones europeas en el desarrollo de una economía basada en tecnología. La guerra fría también se peleó en el ámbito científico, no sólo en el control de la energía nuclear que a la postre permitiría desarrollar energía más barata, sino también en el símbolo que significó colocar a un hombre en la luna, un éxito político para EE.UU., donde este desarrollo científico-tecnológico involucró la generación de una serie de patentes y nuevos inventos que mejoraron la calidad de vida, primero del pueblo norteamericano y luego de todo el mundo al masificarse su comercialización.

La epidemia de Covid-19 que vive Chile es quizás el mayor desafío económico y social que ha enfrentado nuestro país desde la crisis de 1929, la cual sumada a la invención del salitre sintético devastó nuestra economía. Este acierto de Alemania, una sociedad científica y tecnologizada, le permitió independizarse del abono chileno y lograr síntesis de amoniaco para la producción de abono y posteriormente de pólvora, elemento que también le permitió inspirar sus ideas hegemónicas y atreverse a desencadenar una segunda guerra mundial.

En esta pandemia, quizás por primera vez en su historia, Chile está empezando a usar el conocimiento científico como herramienta para minimizar y/o contrarrestar los problemas asociados a esta epidemia. Aunque estos pasos a veces han sido torpes, la ciencia como disciplina empírica necesita estos errores para mejorar. Como ejemplo, en un par de meses nuestro país paso de 200 análisis de PCR diarios a 10.000 PCR/día, se establecieron cuarentenas parciales basadas en la información recopilada (aunque no difundida), universidades trabajan en el desarrollo de alternativas de ventiladores para ser usados en las crisis, enfrentan el desafío de generar vacunas, e intentan entender la evolución del virus mediante secuenciación de su genoma, entre otras iniciativas. 

Esta capacidad de reacción no es azarosa, es también producto de nuestra historia, donde en los últimos 30 años el Gobierno de Chile ha realizado esfuerzos (insuficientes para muchos de nosotros) para fortalecer nuestra matriz científica, se ha incrementado la cantidad de doctores en ciencia, los programas de doctorado, la competitividad de los proyectos de investigación básica, y se ha desarrollado una matriz de ciencia aplicada para intentar resolver los problemas que enfrenta nuestra industria. 

Un ejemplo de estos esfuerzos es la investigación que se realiza en salmonicultura para enfrentar patógenos virales y bacterianos. Aunque los frutos de esta investigación en salmonicultura todavía no han madurado, han contribuido a desarrollar toda una matriz científica. 

¿Cómo esta matriz puede colaborar con el combate a Covid-19? Los ensayos de PCR para este virus no son muy diferentes a los ensayos para detectar a ISAv, IPNV, y PRV, así que algunas empresas de detección de patógenos de peces pusieron su infraestructura a disposición permitiendo incrementar la capacidad de análisis en la zona sur del país. 

Por otra parte, la matriz científica generada ha permitido la creación de empresas tecnológicas. Alrededor de siete años atrás, las empresas Ventisqueros y Blumar en conjunto con ActivaQ y la Universidad de Santiago desarrollaron un Consorcio de Sanidad Acuícola, Ictiobiotechnologies. 

Las empresas Blumar y Ventisqueros confiaron en los investigadores de la Universidad de Santiago, ayudando a implementar laboratorios donde se investigaban el rol de sistema inmune y en métodos profilácticos para enfrentar patógenos bacterianos (P. salmonis), virales (IPNV, ISAV, PRV), y parásitos (Caligus). En pro del logro de este objetivo se desarrolló capital humano, profesionales Bioquímicos, Biotecnólogos, Doctores en Biotecnología, entre otros. Todos ellos lograron capacitación en una técnica que llegó a ser rutinaria, el PCR. Una de las investigadoras de Ictiobiotechnologies y académica de la Universidad de Santiago, la Dra. Ana María Sandino, logró acreditar el laboratorio de virología para realizar detección del virus responsable Covid-19, el SARS-CoV2. Actualmente, el laboratorio de Virología de la USACH es el laboratorio que más análisis ha realizado fuera de la Red del Ministerio de Salud. Este hito se logró reclutando a la gente que previamente se había formado en los proyectos de Ictiobiotecnologies.

La inversión en ciencia y tecnología por parte de las empresas no sólo retribuye a la sociedad generando mayor empleo, también retribuye generando un ambiente, un ecosistema científico-tecnológico que se puede adaptar rápidamente a diversas situaciones de interés nacional, permitiendo mejorar las condiciones de vida en situaciones adversas. La perspectiva histórica de la ciencia enseña que muchas veces la inversión en tecnología en un área tiene primero frutos en otra, muchas veces distante y no predecible. 

Sin duda, la confianza que ha puesto Ventisqueros y Blumar en una empresa pública como la USACH, se ha trasformado y ha beneficiado a la sociedad chilena poniendo a disposición una mayor capacidad de análisis para enfrentar la pandemia. La inversión en investigación en salmonicultura tiene el poder de transformar la sociedad chilena al permitir abordar desafíos científico-tecnológicos que generan infraestructura y forman profesionales altamente capacitados.

Quizás en 100 años más podamos contar una historia de un país desarrollado y tecnologizado cuyo cambio ocurrió a consecuencia de la inversión en el cultivo de peces.