Saltar al contenido principal
Cristóbal Cobo, director Programa Corvina de Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.
Cristóbal Cobo, director Programa Corvina de Fundación Chile. Foto: Fundación Chile.

*Columna de opinión para Salmonexpert de Cristóbal Cobo, director Programa Corvina de Fundación Chile.

Imaginemos el mundo post pandemia. Miremos más allá de las impactantes (y controvertidas) cifras y veamos los caminos de salida, atendiendo a las señales positivas que podemos observar. En vez de ceder a la parálisis, es necesario empezar a proyectar y retomar, incluso con más fuerza, los desafíos que ya se planteaban a nivel global para un desarrollo sostenible, con énfasis en la producción de alimentos saludables.

Sabido es que desde hace décadas se enfrenta otra gran “pandemia”, como es la obesidad y enfermedades asociadas a desequilibrios en la dieta occidental. No es noticia, pero su avance silencioso continúa y, para frenarla, el llamado es a preferir proteína animal saludable. Es decir, pescado; bajo en grasas, rico en Omega 3, omega 6, vitaminas y minerales, por dar a grandes rasgos los nutrientes que aporta su consumo. Considerando que los recursos marinos están sufriendo importantes mermas y ya no se puede depositar en la pesca extractiva toda la responsabilidad del suministro, es la acuicultura la llamada a proveer de la proteína animal saludable demandada.

La pandemia no ha detenido el cambio climático, a pesar de la comentada reducción de emisiones. El reto sigue vigente y aquí también la acuicultura debiera ser la opción preferente, dado que es el sistema de producción de proteína animal más amigable y sustentable en términos de huella de carbono y requerimiento de agua. Si para producir un kilo de carne de vacuno, se requiere 15.400 litros de agua dulce, para un kilo de pescado de cultivo se necesitan 1.400 litros; mientras que las emisiones de CO2 se contabilizan en 30 kilos para el vacuno, versus 2,9 kilos para el pescado de cultivo.

Otro reto post pandemia será sin lugar a dudas la recuperación económica. En Chile, se necesitan actividades que permitan generar valor agregado para los recursos existentes. Es lo que la acuicultura hace, y la comparación con la pesca lo demuestra. De acuerdo a las cifras de Subpesca, las exportaciones de la pesca y la acuicultura nacional en 2019 se dividieron en 47% para la primera y 53% para la segunda, cuando se trata del volumen. Sin embargo, en valor, la pesca disminuye su porción a 19%, lo que deja a la acuicultura con el 81% del valor. En otras palabras, hacer más con menos.

No obstante, sabemos que hoy la acuicultura está concentrada en una zona específica del país (región de Los Lagos, principalmente, y de Aysén y Magallanes en menor medida) y en 2 productos (salmónidos, mitílidos). Cambiar este mapa y diversificarlo es un propósito país de larga data y que se debe fortalecer en esta nueva realidad, incorporando las regiones del norte de Chile y las especies nativas. En el caso de Fundación Chile, y el programa que dirijo, la apuesta ha sido por la corvina nativa (Cilus gilberti). Con el apoyo de Corfo, desde 2010 se ha desarrollado la I+D para su cultivo sustentable en las costas del norte del país, con base en las regiones de Coquimbo y Tarapacá.

Después de un largo trabajo, que ha involucrado al sector privado, concretamente a la empresa Friosur, hoy el Programa Corvina, que desarrolla la tecnología para la corvina de cultivo, está a dos años de su término. A la fecha, las pruebas de consumo han tenido buenos resultados, lo que permite proyectar la presencia de la corvina de cultivo en la gastronomía local y en distintos formatos para su comercialización en el retail.

Notable es que, en plena crisis del covid-19, cuando vemos caer o postergar proyectos e inversiones, Friosur se ha mantenido con su compromiso con el Programa para el Cultivo Sustentable de la Corvina, confiando en las perspectivas de esta especie nativa.

¿Qué es el que se proyecta? Después de la consolidación de la tecnología,  se puedan impulsarán cultivos de distinta escala y generar oportunidades de emprendimientos de proveedores, empleos directos e indirectos, sentando las bases de un ecosistema con impacto positivo en la economía regional y en las comunidades costeras. En suma: sustentabilidad económica, social y ambiental para un país -y un mundo- post pandemia. Tal como hoy queremos imaginar.